| Autor: Desconocido; la tradición atribuye el libro a Samuel. Tema Principal: La historia de Israel durante los 14 jueces. Describe una serie de caídas en la idolatría por parte del pueblo de Dios, seguidas por invasiones de la Tierra Prometida y la opresión causada por sus enemigos. La narración se centra alrededor de las personalidades de los jueces que fueron levantados para ser libertadores de Israel. Se resalta especialmente en el registro el lado oscuro del panorama. Un estudio de las fechas parece mostrar que el pueblo mantuvo una lealtad exterior al Señor un período de tiempo más largo que lo que podría indicar una lectura casual del libro. El libro Con el nombre de jueces (hebreo, shoftim) se disgna en el AT a una serie de personajes que se esforzaron por dirigir al pueblo y mantenerlo a salvo de la hostilidad y el dominio de sus vecinos. Estos personajes vivieron durante el período comprendido entre la muerte de Josué y los años inmediatamente anteriores al inicio de la monarquía de Israel (s. XIII-XI a.C.). Más que jueces en el sentido estricto de administradores de la justicia, eran héroes que de modo ocasional guiaron a las tribus israelitas en su lucha por permanecer en los territorios conquistados (2.16). De hecho, la raíz verbal de donde procede el sustantivo hebreo traducido por juez encierra también los significados de guía, dirección y gobierno. Y es muy probable que la idea de gobernar sea la original, y que de ella se haya derivado la de juzgar, dado que la judicatura es una responsabilidad inherente al gobernante o al aparato de gobierno. El libro de Jueces (=Jue) narra algunas de las acciones de guerra en las que aquellos héroes acaudillaron a una o más de las tribus de Israel. En situaciones difíciles, cuando enemigos externos hicieron peligrar la supervivencia del pueblo en Canaán, «Jehová levantó un libertador a los hijos de Israel y los libró» (3.9). Aunque el carácter militar de estos jueces ed evidente, el libro pone de relieve que todos ellos actuaron como instrumentos del Señor, suscitados y movidos por su Espíritu para llevar a cabo una misión especial, en un preciso momento y por un tiempo limitado. En las hazañas que realizaron se reveló siempre el poder de Dios, que, pese a las frecuentes actitudes reprobables de los israelitas, nunca dejó de cuidarlos con solicitud paternal y de sostenerlos para que no sucumbieran víctimas de sus vicisitudes. En la descripción de estos personajes no existe un patrón común de identificación. Así, Débora se distingue como una profetisa que, al pie de una palmera, gobierna al pueblo y atiende a quienes solicitan su mediación en casos de litigio (4.4–5); Gedeón es un campesino de humilde extracción social (6.11); Jefté, hijo de una prostituta, capitaneó, al parecer, una banda de malhechores (11.1,3); y Sansón, el joven celebrado por su excepcional fortaleza física (16.3), no sabe resistirse a los encantos de una mujer filistea (16.17). Contenido del libro La historia de los jueces se reduce en el libro a una serie de narraciones episódicas e inconexas. Y el tratamiento que reciben los protagonistas es muy desigual, pues mientras que a unos pocos se les dedican varios capítulos (Débora, Gedeón, Jefté, Sansón y Micaía), de otros solo se menciona el nombre, acompañado, si acaso, de una brevísima noticia personal (Otoniel, Aod, Samgar, Tola, Jair, Ibzán, Elón y Abdón). Se ha observado, en cambio, que los episodios registrados en Jueces se ajustan a un cierto modelo redaccional, en virtud del cual nos es dado percibir una especie de visión global de la época de referencia. Dicho modelo, generalmente definido como «esquema de cuatro tiempos», es como sigue: Primer tiempo: Fidelidad del pueblo. Bajo el caudillaje de un juez que gobierna o dirige, el pueblo se mantiene fiel al Señor y vive un período de paz y de prosperidad (3.11,30; 5.31; 8.28). Segundo tiempo: Infidelidad del pueblo. A la muerte del juez sobreviene una etapa en que los israelites vuelven «a hacer lo malo ante los ojos de Johová» (4.1; 13.1), se apartan del Señor y van «tras otros dioses, los dioses de los pueblos que estaban en sus alrededores» (2.12–13; 3.7; 10.6). Tercer tiempo: Enojo de Dios. La infidelidad de Israel provoca la ira del Señor, que los entrega en manos de sus enemigos (2.14,20–21; 3.8; 4.2; 10.7). Cuarto tiempo: Arrepentimiento de Israel. Sometidos a la opresión de sus vecinos, los israelitas lamentan haber sido infieles al Señor. Arrepentidos, suplican su auxilio (3.9,15; 4.3; 6.6), Israel recupera la libertad y vive tranquilo durante cuarenta años (3.11; 5.31; 8.28; por excepción, en 3.30 se lee ochenta años, que equivale a dos veces cuarenta años). Al cabo de ese período en que "reposa" el país, comienza el ciclo de nuevo. Referencias Proféticas: El anuncio a la madre de Sansón de que ella daría a luz a un hijo que guiaría a Israel, es una figura de la anunciación a María sobre el nacimiento del Mesías. Dios envió a Su Ángel a ambas mujeres y les dijo que ellas “concebirían y darían a luz a un hijo” (Lucas 13:3; Lucas 1:31) quien guiaría al pueblo de Dios. La compasiva liberación de Dios a Su pueblo, a pesar de su pecado y de haberlo rechazado, presenta una ilustración de Cristo en la cruz. Jesús murió para liberar a Su pueblo – a todo aquel que cree en Él – de sus pecados. Aunque la mayor parte de los que lo siguieron durante Su ministerio, eventualmente se alejarían y lo rechazarían, Él aún permaneció fiel a Su promesa y fue a la cruz a morir por nosotros. Aplicación Práctica: La desobediencia siempre atrae el juicio. Los israelitas presentan un ejemplo perfecto de lo que no debemos hacer. En lugar de aprender de la experiencia de que Dios siempre castigará la rebelión contra Él, ellos continuaron desobedeciendo y sufriendo el desagrado y la disciplina de Dios. Si continuamos en desobediencia, atraeremos la disciplina de Dios, no porque Él disfrute nuestro sufrimiento, sino “… porque el Señor al que ama disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo.” (Hebreos 12:6). El libro de Jueces es un testamento de la fidelidad de Dios. Aún “Si fuéremos infieles, Él permanece fiel” (2 Timoteo 2:13). Aunque fuéremos infieles a Él, como lo fueron los israelitas, aún Él es fiel para salvarnos y preservarnos (1 Tesalonicenses 5:24), y perdonarnos cuando buscamos ser perdonados (1 Juan 1:9). “el cual también os confirmará hasta el fin, para que seáis irreprensibles en el día de nuestro Señor Jesucristo. Fiel es Dios, por el cual fuisteis llamados a la comunión con su Hijo Jesucristo nuestro Señor.” (1 Corintios 1:8-9). Esquema del contenido 1. Introducción general al período de los jueces (1.1–3.6) a. Los israelitas se establecen en Cannaán (1.1–2.5) b. Síntesis histórica del período de los jueces (2.6–3.6) 2. Los jueces de Israel (3.7–16.31) a. De Otoniel a Samagar (3.7–31) b. Débora, la profetisa (4.1–5.31) c. Gedeón y Abimelec (6.1–9.57) d. Tola y Jair (10.1–5) e. Jefté (10.6–12.7) f. De Ibzán a Absón (12.8–15) g. Sansón (13.1–16.31) 3. Apéndices (17–21) a. El sacerdote Micaía y los danitas (17.1–18.31) b. El levita y su concubina. La querra contra los benjaminitas (19.1–21.25). Linajeescogido.tripod.com Gotquestions.org Reina-Valera 1995—Edición de Estudio, (Estados Unidos de América: Sociedades Bíblicas Unidas) 1998. La Biblia de Referencia Thompson, Versión Reina-Valera 1960, Referencia Temática # 4213 |
miércoles, 1 de junio de 2011
ANALISIS DEL LIBRO DE LOS JUECES. (SHOFTIM)
viernes, 13 de mayo de 2011
ANALISIS DEL LIBRO DE JOSUÉ.
Autor: El Libro de Josué no nombra explícitamente a su autor. Es muy probable que Josué hijo de Nun, el sucesor de Moisés como líder sobre Israel, escribiera gran parte de este libro. La última parte del libro fue escrito por al menos una persona después de la muerte de Josué. También es posible que varias secciones fueran editadas / compiladas después de la muerte de Josué.
Tema Principal: La conquista y la división de la tierra de Canaan. El Libro de Josué proporciona una descripción general de las campañas militares para conquistar el área de la tierra que Dios había prometido. Después del éxodo de Egipto y los subsecuentes cuarenta años de vagar por el desierto, la recién formada nación está ahora lista para entrar en la Tierra Prometida, conquistar a los habitantes y ocupar el territorio. La descripción que tenemos aquí, nos da abreviados y selectos detalles de muchas de las batallas, así como la manera en la tierra fue conquistada, y la forma en que fue dividida en áreas tribales.
Versos Clave: “Esfuérzate y sé valiente; porque tú repartirás a este pueblo por heredad la tierra de la cual juré a sus padres que la daría a ellos. Solamente esfuérzate y sé muy valiente, para cuidar de hacer conforme a toda la ley que mi siervo Moisés te mandó; no te apartes de ella ni a diestra ni a siniestra, para que seas prosperado en todas las cosas que emprendas. Nunca se apartará de tu boca este libro de la ley, sino que de día y de noche meditarás en él, para que guardes y hagas conforme a todo lo que en él está escrito; porque entonces harás prosperar tu camino, y todo te saldrá bien. Mira que te mando que te esfuerces y seas valiente; no temas ni desmayes, porque Jehová tu Dios estará contigo en dondequiera que vayas.” (Josué 1:6-9).
“Ahora, pues, temed a Jehová, y servidle con integridad y en verdad; y quitad de entre vosotros los dioses a los cuales sirvieron vuestros padres al otro lado del río, y en Egipto; y servid a Jehová. Y si mal os parece servir a Jehová, escogeos hoy a quién sirváis; si a los dioses a quienes sirvieron vuestros padres, cuando estuvieron al otro lado del río, o a los dioses de los amorreos en cuya tierra habitáis; pero yo y mi casa serviremos a Jehová.” (Josué 24:14-15).
El libro
Josué (=Jos) es el primero de los seis escritos que integran la serie de los Profetas anteriores. En las historias narradas en este libro, el protagonista no es propiamente Josué. Esa función le corresponde, más bien, al escenario donde tienen lugar los nuevos actos del drama de Israel: el país de Canaán, en el que penetra el pueblo cuarenta años después de haber sido liberado de su cautividad en Egipto. Canaán es la meta, el punto final de aquella inacabable peregrinación. En la entrada a Canaán y en la posesión del país ven los israelitas el cumplimiento de la promesa de Dios a Abraham, Isaac y Jacob, de darlo a sus descendientes para siempre (Gn 13.14–17; 26.3–5; 28.13–14). Ellos, pues, herederos de las promesas divinas, tomaron posesión de Canaán, y «no faltó ni una palabra de todas las buenas promesas que Jehová había hecho a la casa de Israel. Todo se cumplió» (21.45).
Canaán es el signo de la fidelidad de Dios a su palabra, de una lealtad cuya contrapartida había de ser la conducta fiel del pueblo escogido. Porque, si bien en la posesión de aquella tierra se contemplaba el don de Dios, el permanecer en ella dependía de la fidelidad y rectitud con que los israelitas observaran la ley transmitida por Moisés. Pronto ellos habrían de comprenderlo, al ver que, empeñados en acciones de guerra, sus triunfos o derrotas dependían del ser o no ser fieles a su Señor (7.1–5). Eso mismo ya lo habían visto cuando, en vida de Moisés, vencieron a los amalecitas en Refidim (Ex 17.8–16), o cuando, por el contrario, los amalecitas y los cananeos «los hirieron, los derrotaron y los persiguieron hasta Horma» (Nm 14.20–23, 40–45).
Una primera lectura del libro de Josué puede dar la impresión de que la conquista de Canaán consistió en un rápido movimiento estratégico; que los israelitas, dirigidos por Josué, penetraron con facilidad en el país, y que una serie de acciones militares de prodigiosa eficacia les permitió apoderarse en poco tiempo y por completo del territorio que de antemano tenían por suyo. En realidad, el asunto no fue tan simple, pues ni ellos lograron conquistar rápidamente los territorios cananeos, ni los anteriores habitantes del país fueron del todo exterminados. De hecho, muchos de ellos se mantuvieron firmes en sus posiciones (15.63; 17.12–13); e incluso establecieron a veces alianzas con los invasores, y entonces unos y otros tuvieron que aprender a convivir en paz (9.1–27; 16.10). La conquista de Canaán no fue, pues, el resultado de una guerra relámpago de exterminio, sino un avance lento y sostenido en medio de no escasas dificultades, entre las que tuvo probablemente gran importancia la inexistencia en Israel de una estructura política de índole nacional, que solo llegó más tarde, con la instauración del reino de David. En la época de Josué, puesto que las tribus no tenían unidad de gobierno, se desempeñaban cada una por su propia cuenta, tanto en la paz como en la guerra.
Contenido del libro
Josué se divide en dos grandes secciones, formadas respectivamente por los cap. 1–12 y 13–22, y una menor que incluye los cap. 23–24 a modo de conclusión.
Tras la muerte de Moisés, Josué toma la dirección del pueblo (1.1–2; cf. Dt 31.7–8), cuya entrada y asentamiento en Canaán relata la primera sección del libro. Los israelitas, que se encontraban reunidos en las llanuras de Moab, atraviesan el Jordán y acampan en su ribera occidental, puestos ya los pies en Canaán. A partir de aquel momento, Josué organiza diversas campañas militares destinadas a adueñarse de la totalidad del país. Primero ataca localidades del centro de Palestina, y más tarde se extiende hacia los territorios del norte y del sur. Estas acciones aparecen en el libro precedidas de un discurso introductorio del propio Josué, que sitúa la narración histórica en su contexto teológico: «Yo os he entregado, tal como lo dije a Moisés, todos los lugares que pisen las plantas de vuestros pies» (1.3). Esta manifestación ratifica la idea de que el establecimiento en Canaán no es una mera conquista humana, sino un don que Israel recibe del Señor. La sección concluye en 12.24, con la relación de los reyes que fueron vencidos en batallas a ambos lados del Jordán.
La segunda sección (cap. 13–22) se ocupa de las varias incidencias relacionadas con la asignación de tierras a las tribus de Israel. La lectura de estos capítulos, con sus estadísticas y sus largas listas de ciudades importantes y de pequeñas poblaciones, resulta en general árida y poco gratificadora. Pero también es cierto que aquí ocurren datos de un interés histórico evidente, gracias a los cuales han podido conocerse los límites territoriales de las tribus y se ha logrado la identificación de diversos puntos geográficos citados aquí y allá en el AT. Por otro lado, la descripción que hace Josué del reparto del país invadido revela la atención que los israelitas prestaron a la justicia distributiva, a fin de que cada una de las tribus dispusiera de un espacio donde establecerse: «Dio Jehová a Israel toda la tierra que había jurado dar a sus padres. Tomaron posesión de ella, y la habitaron» (21.43). También la tribu sacerdotal de Leví —a la cual no se le había asignado propiedad territorial (13.14; véase Introducción a Levítico y cf. Nm 18.20; Dt 18.1–2)— había de contar con lugares de residencia.
Los dos últimos capítulos del libro (23–24) recogen el discurso de despedida de Josué (cap. 23), la renovación del Pacto y, finalmente, la muerte y sepultura de aquel fiel servidor de Dios que supo acaudillar al pueblo después de Moisés, y guiarlo hasta su anhelado destino (cap. 24).
Esquema del contenido:
1. La conquista de Canaán (1.1–12.24)
2. Distribución del territorio entre las tribus de Israel (13.1–22.34)
3. Últimas palabras de Josué. Renovación del Pacto (23.1–24.33).
Referencias Proféticas: La historia de Rahab la ramera y su gran fe en el Dios de los israelitas, le da un lugar junto a aquellos honrados por su fe en Hebreos 11:31. La suya es una historia de la gracia de Dios hacia los pecadores y la salvación por gracia solamente. Pero aún más importante, es el hecho de que por la gracia de Dios, ella llegó a formar parte de la línea Mesiánica (Mateo 1:15).
Uno de los rituales ceremoniales de Josué 5, encuentra su perfecto cumplimiento en el Nuevo Testamento. Los versos 1-9 describen el mandamiento de Dios de que aquellos que nacieron en el desierto fueran circuncidados cuando entraran a la Tierra Prometida. Al hacerlo, Dios “quitó el oprobio de Egipto” de ellos, significando que Él los limpiaba de los pecados de su vida anterior. Colosenses 2:10-12 describe a los creyentes como siendo circuncidados en sus corazones por Cristo Mismo, por quien hemos quitado la naturaleza de pecado de nuestras vidas anteriores sin Cristo.
Dios estableció ciudades de refugio para que aquellos que hubieran matado accidentalmente a alguien, pudieran vivir ahí sin temor a la retribución. Cristo es nuestro refugio a quien “hemos acudido para asirnos de la esperanza puesta delante de nosotros” (Hebreos 6:18).
El Libro de Josué contiene un predominante tema teológico del reposo. Los israelitas, después de vagar por el desierto 40 años, finalmente entraron al reposo que Dios había preparado para ellos en la tierra de Canaán. El escritor de Hebreos utiliza este incidente como una advertencia para que nosotros no permitamos que la incredulidad nos impida entrar en el reposo de Dios en Cristo (Hebreos 3:7-12).
Aplicación Práctica: Uno de los versos clave del Libro de Josué es el 1:8 “Nunca se apartará de tu boca este libro de la ley, sino que de día y de noche meditarás en él, para que guardes y hagas conforme a todo lo que en él está escrito.” El Antiguo Testamento está repleto con historias de cómo la gente “se olvidó” de Dios y Su Palabra y sufrió terribles consecuencias. Para el cristiano, la Palabra de Dios es vital. Si la descuidamos, nuestra vida sufrirá las consecuencias. Pero si adoptamos de corazón el principio expresado en el verso 1:8, estaremos completos y preparados para ser usados en el reino de Dios (2 Timoteo 3:16-17), y encontraremos que las promesas de Dios en Josué 1:8-9 serán también nuestras.
Josué es un perfecto ejemplo de los beneficios de un valioso tutor. Por años él permaneció junto a Moisés. Él observó a Moisés mientras seguía a Dios de una manera casi perfecta. Él aprendió de Moisés a orar de una manera personal. Aprendió cómo obedecer a través del ejemplo de Moisés. Aparentemente Josué también aprendió del ejemplo negativo que le costó a Moisés el gozo de haber entrado en la Tierra Prometida. Si estás vivo, tu eres un tutor. Alguien, en alguna parte, te está observando. Alguna persona más joven o alguien a quien estás influenciando, está viendo cómo vives y como reaccionas. Alguien está aprendiendo de ti. Alguien seguirá tu ejemplo. La tutoría es mucho más que las palabras pronunciadas por un mentor. Su vida entera está en un escaparate.
Reina-Valera 1995—Edición de Estudio, (Estados Unidos de América: Sociedades Bíblicas Unidas) 1998.
La Biblia de Referencia Thompson, Versión Reina-Valera 1960, Referencia Temática # 4212
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Tema Principal: La conquista y la división de la tierra de Canaan. El Libro de Josué proporciona una descripción general de las campañas militares para conquistar el área de la tierra que Dios había prometido. Después del éxodo de Egipto y los subsecuentes cuarenta años de vagar por el desierto, la recién formada nación está ahora lista para entrar en la Tierra Prometida, conquistar a los habitantes y ocupar el territorio. La descripción que tenemos aquí, nos da abreviados y selectos detalles de muchas de las batallas, así como la manera en la tierra fue conquistada, y la forma en que fue dividida en áreas tribales.
Versos Clave: “Esfuérzate y sé valiente; porque tú repartirás a este pueblo por heredad la tierra de la cual juré a sus padres que la daría a ellos. Solamente esfuérzate y sé muy valiente, para cuidar de hacer conforme a toda la ley que mi siervo Moisés te mandó; no te apartes de ella ni a diestra ni a siniestra, para que seas prosperado en todas las cosas que emprendas. Nunca se apartará de tu boca este libro de la ley, sino que de día y de noche meditarás en él, para que guardes y hagas conforme a todo lo que en él está escrito; porque entonces harás prosperar tu camino, y todo te saldrá bien. Mira que te mando que te esfuerces y seas valiente; no temas ni desmayes, porque Jehová tu Dios estará contigo en dondequiera que vayas.” (Josué 1:6-9).
“Ahora, pues, temed a Jehová, y servidle con integridad y en verdad; y quitad de entre vosotros los dioses a los cuales sirvieron vuestros padres al otro lado del río, y en Egipto; y servid a Jehová. Y si mal os parece servir a Jehová, escogeos hoy a quién sirváis; si a los dioses a quienes sirvieron vuestros padres, cuando estuvieron al otro lado del río, o a los dioses de los amorreos en cuya tierra habitáis; pero yo y mi casa serviremos a Jehová.” (Josué 24:14-15).
El libro
Josué (=Jos) es el primero de los seis escritos que integran la serie de los Profetas anteriores. En las historias narradas en este libro, el protagonista no es propiamente Josué. Esa función le corresponde, más bien, al escenario donde tienen lugar los nuevos actos del drama de Israel: el país de Canaán, en el que penetra el pueblo cuarenta años después de haber sido liberado de su cautividad en Egipto. Canaán es la meta, el punto final de aquella inacabable peregrinación. En la entrada a Canaán y en la posesión del país ven los israelitas el cumplimiento de la promesa de Dios a Abraham, Isaac y Jacob, de darlo a sus descendientes para siempre (Gn 13.14–17; 26.3–5; 28.13–14). Ellos, pues, herederos de las promesas divinas, tomaron posesión de Canaán, y «no faltó ni una palabra de todas las buenas promesas que Jehová había hecho a la casa de Israel. Todo se cumplió» (21.45).
Canaán es el signo de la fidelidad de Dios a su palabra, de una lealtad cuya contrapartida había de ser la conducta fiel del pueblo escogido. Porque, si bien en la posesión de aquella tierra se contemplaba el don de Dios, el permanecer en ella dependía de la fidelidad y rectitud con que los israelitas observaran la ley transmitida por Moisés. Pronto ellos habrían de comprenderlo, al ver que, empeñados en acciones de guerra, sus triunfos o derrotas dependían del ser o no ser fieles a su Señor (7.1–5). Eso mismo ya lo habían visto cuando, en vida de Moisés, vencieron a los amalecitas en Refidim (Ex 17.8–16), o cuando, por el contrario, los amalecitas y los cananeos «los hirieron, los derrotaron y los persiguieron hasta Horma» (Nm 14.20–23, 40–45).
Una primera lectura del libro de Josué puede dar la impresión de que la conquista de Canaán consistió en un rápido movimiento estratégico; que los israelitas, dirigidos por Josué, penetraron con facilidad en el país, y que una serie de acciones militares de prodigiosa eficacia les permitió apoderarse en poco tiempo y por completo del territorio que de antemano tenían por suyo. En realidad, el asunto no fue tan simple, pues ni ellos lograron conquistar rápidamente los territorios cananeos, ni los anteriores habitantes del país fueron del todo exterminados. De hecho, muchos de ellos se mantuvieron firmes en sus posiciones (15.63; 17.12–13); e incluso establecieron a veces alianzas con los invasores, y entonces unos y otros tuvieron que aprender a convivir en paz (9.1–27; 16.10). La conquista de Canaán no fue, pues, el resultado de una guerra relámpago de exterminio, sino un avance lento y sostenido en medio de no escasas dificultades, entre las que tuvo probablemente gran importancia la inexistencia en Israel de una estructura política de índole nacional, que solo llegó más tarde, con la instauración del reino de David. En la época de Josué, puesto que las tribus no tenían unidad de gobierno, se desempeñaban cada una por su propia cuenta, tanto en la paz como en la guerra.
Contenido del libro
Josué se divide en dos grandes secciones, formadas respectivamente por los cap. 1–12 y 13–22, y una menor que incluye los cap. 23–24 a modo de conclusión.
Tras la muerte de Moisés, Josué toma la dirección del pueblo (1.1–2; cf. Dt 31.7–8), cuya entrada y asentamiento en Canaán relata la primera sección del libro. Los israelitas, que se encontraban reunidos en las llanuras de Moab, atraviesan el Jordán y acampan en su ribera occidental, puestos ya los pies en Canaán. A partir de aquel momento, Josué organiza diversas campañas militares destinadas a adueñarse de la totalidad del país. Primero ataca localidades del centro de Palestina, y más tarde se extiende hacia los territorios del norte y del sur. Estas acciones aparecen en el libro precedidas de un discurso introductorio del propio Josué, que sitúa la narración histórica en su contexto teológico: «Yo os he entregado, tal como lo dije a Moisés, todos los lugares que pisen las plantas de vuestros pies» (1.3). Esta manifestación ratifica la idea de que el establecimiento en Canaán no es una mera conquista humana, sino un don que Israel recibe del Señor. La sección concluye en 12.24, con la relación de los reyes que fueron vencidos en batallas a ambos lados del Jordán.
La segunda sección (cap. 13–22) se ocupa de las varias incidencias relacionadas con la asignación de tierras a las tribus de Israel. La lectura de estos capítulos, con sus estadísticas y sus largas listas de ciudades importantes y de pequeñas poblaciones, resulta en general árida y poco gratificadora. Pero también es cierto que aquí ocurren datos de un interés histórico evidente, gracias a los cuales han podido conocerse los límites territoriales de las tribus y se ha logrado la identificación de diversos puntos geográficos citados aquí y allá en el AT. Por otro lado, la descripción que hace Josué del reparto del país invadido revela la atención que los israelitas prestaron a la justicia distributiva, a fin de que cada una de las tribus dispusiera de un espacio donde establecerse: «Dio Jehová a Israel toda la tierra que había jurado dar a sus padres. Tomaron posesión de ella, y la habitaron» (21.43). También la tribu sacerdotal de Leví —a la cual no se le había asignado propiedad territorial (13.14; véase Introducción a Levítico y cf. Nm 18.20; Dt 18.1–2)— había de contar con lugares de residencia.
Los dos últimos capítulos del libro (23–24) recogen el discurso de despedida de Josué (cap. 23), la renovación del Pacto y, finalmente, la muerte y sepultura de aquel fiel servidor de Dios que supo acaudillar al pueblo después de Moisés, y guiarlo hasta su anhelado destino (cap. 24).
Esquema del contenido:
1. La conquista de Canaán (1.1–12.24)
2. Distribución del territorio entre las tribus de Israel (13.1–22.34)
3. Últimas palabras de Josué. Renovación del Pacto (23.1–24.33).
Referencias Proféticas: La historia de Rahab la ramera y su gran fe en el Dios de los israelitas, le da un lugar junto a aquellos honrados por su fe en Hebreos 11:31. La suya es una historia de la gracia de Dios hacia los pecadores y la salvación por gracia solamente. Pero aún más importante, es el hecho de que por la gracia de Dios, ella llegó a formar parte de la línea Mesiánica (Mateo 1:15).
Uno de los rituales ceremoniales de Josué 5, encuentra su perfecto cumplimiento en el Nuevo Testamento. Los versos 1-9 describen el mandamiento de Dios de que aquellos que nacieron en el desierto fueran circuncidados cuando entraran a la Tierra Prometida. Al hacerlo, Dios “quitó el oprobio de Egipto” de ellos, significando que Él los limpiaba de los pecados de su vida anterior. Colosenses 2:10-12 describe a los creyentes como siendo circuncidados en sus corazones por Cristo Mismo, por quien hemos quitado la naturaleza de pecado de nuestras vidas anteriores sin Cristo.
Dios estableció ciudades de refugio para que aquellos que hubieran matado accidentalmente a alguien, pudieran vivir ahí sin temor a la retribución. Cristo es nuestro refugio a quien “hemos acudido para asirnos de la esperanza puesta delante de nosotros” (Hebreos 6:18).
El Libro de Josué contiene un predominante tema teológico del reposo. Los israelitas, después de vagar por el desierto 40 años, finalmente entraron al reposo que Dios había preparado para ellos en la tierra de Canaán. El escritor de Hebreos utiliza este incidente como una advertencia para que nosotros no permitamos que la incredulidad nos impida entrar en el reposo de Dios en Cristo (Hebreos 3:7-12).
Aplicación Práctica: Uno de los versos clave del Libro de Josué es el 1:8 “Nunca se apartará de tu boca este libro de la ley, sino que de día y de noche meditarás en él, para que guardes y hagas conforme a todo lo que en él está escrito.” El Antiguo Testamento está repleto con historias de cómo la gente “se olvidó” de Dios y Su Palabra y sufrió terribles consecuencias. Para el cristiano, la Palabra de Dios es vital. Si la descuidamos, nuestra vida sufrirá las consecuencias. Pero si adoptamos de corazón el principio expresado en el verso 1:8, estaremos completos y preparados para ser usados en el reino de Dios (2 Timoteo 3:16-17), y encontraremos que las promesas de Dios en Josué 1:8-9 serán también nuestras.
Josué es un perfecto ejemplo de los beneficios de un valioso tutor. Por años él permaneció junto a Moisés. Él observó a Moisés mientras seguía a Dios de una manera casi perfecta. Él aprendió de Moisés a orar de una manera personal. Aprendió cómo obedecer a través del ejemplo de Moisés. Aparentemente Josué también aprendió del ejemplo negativo que le costó a Moisés el gozo de haber entrado en la Tierra Prometida. Si estás vivo, tu eres un tutor. Alguien, en alguna parte, te está observando. Alguna persona más joven o alguien a quien estás influenciando, está viendo cómo vives y como reaccionas. Alguien está aprendiendo de ti. Alguien seguirá tu ejemplo. La tutoría es mucho más que las palabras pronunciadas por un mentor. Su vida entera está en un escaparate.
Reina-Valera 1995—Edición de Estudio, (Estados Unidos de América: Sociedades Bíblicas Unidas) 1998.
La Biblia de Referencia Thompson, Versión Reina-Valera 1960, Referencia Temática # 4212
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martes, 10 de mayo de 2011
ANÁLISIS DEL LIBRO DE NUMEROS.
Autor: Moisés, generalmente aceptado.Nombre: Derivado del censo de Israel.
Lección Central: La incredulidad impide la entrada a la vida abundante.
El título
El nombre español del cuarto libro del Pentateuco procede del latino Liber numerorum ("libro de los números"), tomado a su vez del griego Arithmo (LXX), que significa "números". Es obvio que este título responde a la presencia en el texto de dos censos del pueblo de Israel (cap. 1 y 26), al reparto del botín de guerra tras la victoria de los israelitas sobre los madianitas (31) y a ciertas precisiones de orden cuantitativo relacionadas con los sacrificios y las ofrendas (7; 15; 28–29). En hebreo, el título del libro es Bamidbar (lit. "en el desierto"), referencia expresa a la región sinaítica en la que se desarrollan los acontecimientos objeto de la narración.
Contenido del libro
En Números (=Nm) se pone de relieve la personalidad y la obra de Moisés, el gran libertador y legislador del pueblo de Israel. A esta misión, asumida por él desde el principio, añade ahora la de organizar a los israelitas y guiarlos durante los años de su peregrinación en busca de la Tierra prometida. En el cumplimiento de este cometido, Moisés, que siempre actuó con total fidelidad a Dios y motivado por el amor a su pueblo (14.13–19), se sintió a veces abrumado por la pesada carga moral de su responsabilidad (11.10–15) y la incomprensión de la gente que lo rodeaba. Hasta sus mismos hermanos, Aarón y María, lo criticaron y murmuraron contra él, que era persona mansa, «más que todos los hombres que había sobre la tierra» (12.3). Con todo, Moisés no cejó ni un instante en su empeño y hasta el fin de sus días siguió velando por Israel. Cuando vio ya acercarse el momento de su muerte, tomó las precauciones necesarias para que su sucesor, Josué, pudiera llevar a buen fin la encomienda de arribar a la Tierra prometida y tomar posesión de ella (27.15–23).
En contraste con la figura señera de Moisés, la conducta de los israelitas se describe en Números con rasgos bastante negativos. Ciertamente de Egipto había salido una «gran multitud de toda clase de gentes» (Ex 12.38), las cuales comenzaron a constituir en el desierto una colectividad alentada por los mismos intereses y un destino común. Pero con los agobios del penoso caminar hacia una meta todavía desconocida y que debía parecerles siempre lejana, aquellos liberados de la amarga cautividad egipcia protestaban y se rebelaban una y otra vez. En sus quejas, incluso añoraban como mejores tiempos los pasados en esclavitud. Con todo ello no cesaron de provocar la ira de Dios, y atrajeron mayores desventuras sobre Israel (cf., p.e., cap. 14). Sin embargo, pese a tan constantes faltas de fidelidad, el Señor no dejó de manifestárseles compasivo y perdonador: así Jehová, hablando con Moisés «cara a cara... y no con enigmas» (12.8), lo escucha cuando intercede a favor del pueblo, cuando le ruega que perdone a los culpables (11.2; 12.13; 14.13–19; 21.7).
Composición
Visto en conjunto y atendiendo especialmente a razones geográficas y cronológicas, Números no adolece de falta de unidad en su composición. Porque el relato, manteniéndose en la misma línea histórica del Éxodo, informa de los movimientos de Israel posteriores a su permanencia en el Sinaí y hasta la llegada al Jordán: los preparativos para reanudar el camino (cap. 1–8), la celebración de la Pascua (cap. 9), la marcha del Sinaí a Moab (cap. 10.11–21.35), la permanencia en Moab (cap. 22–32) y las instrucciones que Moisés da al pueblo junto al Jordán (cap. 33–36). Ahora bien, a pesar de esta cierta unidad global del libro, es preciso reconocer que su estructura literaria consiste más bien en una cadena de secuencias yuxtapuestas, independientes entre sí, que alternan contenidos narrativos de fácil lectura con otros muy densos, de carácter jurídico, legal, censual o cúltico. Diríase que el libro de Números no fue escrito a partir de un plan inicial unívoco, sino que su formación fue paulatina.
Esquema del contenido:
1. La permanencia en el Sinaí (1.1–10.10)
2. La larga marcha hasta Moab (10.11–21.35)
3. En las llanuras de Moab (22.1–36.13)
Referencias Proféticas: La demanda de Dios por santidad a Su pueblo, está total y finalmente satisfecha en Jesucristo, quien vino a cumplir la ley por nosotros (Mateo 5:17). El concepto del Mesías prometido se extiende por todo el libro. La ordenanza en el capítulo 19 sobre el sacrificio de la vaca alazana “perfecta, en la cual no había falta” prefigura a Cristo, el Cordero de Dios sin mancha o culpa, quien fue sacrificado por nuestros pecados. La imagen de la serpiente de bronce levantada sobre un asta para otorgar la curación física (capítulo 21) también prefigura a Cristo siendo levantado, ya sea en la cruz o en el ministerio de la Palabra, para que cualquiera que lo mire por la fe, puede obtener la salud espiritual.
En el capítulo 24, el cuarto oráculo de Balaam, habla de la estrella y del cetro que se levantará de Jacob. Aquí está una profecía de Cristo quien es llamado “la estrella de la mañana” en Apocalipsis 22:16 por Su gloria, brillantez y resplandor, y por la luz que de Él procede. Él también puede ser llamado un cetro, esto es, el portador del cetro, por su realeza. Él no solo tiene el nombre de rey, sino que tiene un reino, y gobierna con un cetro de gracia, misericordia y justicia.
Aplicación Práctica: Del Libro de Números se desprende un gran tema teológico desarrollado en el Nuevo Testamento; y es que el pecado y la incredulidad, especialmente la rebelión, acarrea el juicio de Dios. I Corintios capítulo 10 específicamente lo dice – y Hebreos 3:7 a 4:13 lo implica fuertemente – estos eventos fueron escritos como ejemplo para que los creyentes observen y los eviten. No debemos “poner nuestro corazón en cosas malas” (v.6), o ser sexualmente inmorales (v.8), o poner a Dios a prueba (v.9) o quejarnos y murmurar (v.10).
Así como los israelitas vagaron en el desierto por 40 años a causa de su rebelión, así también algunas veces Dios permite que vaguemos lejos de Él y suframos la soledad y falta de bendiciones cuando nos rebelamos contra Él. Pero Dios es fiel y justo, y así como Él restauró a los israelitas a su legítimo lugar en Su corazón; Él siempre restaurará a los cristianos al lugar de bendición e íntima comunión con Él si nos arrepentimos y regresamos a Él (1 Juan 1:9).
Reina-Valera 1995—Edición de Estudio, (Estados Unidos de América: Sociedades Bíblicas Unidas) 1998.
La Biblia de Referencia Thompson, Versión Reina-Valera 1960, Referencia Temática # 4210
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miércoles, 4 de mayo de 2011
ANALISIS DEL LIBRO DE LEVITICOS.
Autor: Moisés, es el autor generalmente aceptado.
Nombre: Derivado del nombre de la tribu de Leví. En Hebreo Vayikra (וַיִּקְרָא)
Palabra Clave: Acceso y Santidad.
Contenido: Un compendio de las Leyes Divinas.
Personaje Central: El sumo sacerdote.
Tema Central: ¿Como puede un hombre pecador acercarse a un Dios Santo? La palabra santo ocurre más de ochenta veces en el libro.
El título
La Septuaginta llamó Levítico (=Lv) a este tercer libro de la Biblia, posiblemente para indicar que se trata de un texto destinado de modo particular a los levitas. Estos estaban encargados de ejercer el ministerio sacerdotal y de atender a los múltiples detalles del culto tributado a Dios por los israelitas. La Biblia hebrea, conforme a la norma observada en todo el Pentateuco, nombra el libro por su primera palabra, WayiqraŒ, que significa "y llamó".
Los levitas
En el reparto de Canaán, los levitas (es decir, los miembros de la tribu de Leví) recibieron, en lugar de territorio, cuarenta y ocho «ciudades donde habitar» (Nm 35.2–8; cf. Jos 21.1–42; 1 Cr 6.54–81), repartidas entre las tierras asignadas al resto de las tribus. Ellos, en cambio, habían sido separados por Dios para servirlo, para que cuidaran de las cosas sagradas y celebraran los oficios religiosos. Esta es la función específica asignada a los levitas, sobre todo después que el culto y cuanto con él se relacionaba quedó centralizado en el templo de Jerusalén.
Contenido del libro
En su mayor parte, el Levítico está formado por un conjunto de prescripciones extremadamente minuciosas, tendientes a hacer del ceremonial cúltico, como expresión de la fe en Dios, el eje a cuyo alrededor debía girar la totalidad de la vida del pueblo.
Este libro ritualista, lleno de instrucciones sobre el culto y disposiciones de carácter legal, encierra un mensaje de alto valor religioso, en el que la santidad aparece como el principio teológico predominante. Jehová, el Dios de Israel, el Dios santo, requiere del pueblo escogido como suyo que igualmente sea santo: «Santos seréis, porque santo soy yo, Jehová, vuestro Dios» (19.2). En consecuencia, todas las normas y prescripciones del Levítico están ordenadas al fin último de establecer sobre la tierra una nación diferente de la demás, apartada para su Dios, consagrada enteramente al servicio de su Señor. Por eso, todas las fórmulas legales y todos los elementos simbólicos del culto —vestiduras, ornamentos, ofrendas y sacrificios— tienen una doble vertiente: por un lado, alabar y rendir el debido homenaje al Dios eterno, creador y señor de todas las cosas; por otro, hacer que Israel entienda el significado de la santidad y disponga de instrumentos jurídicos, morales y religiosos para ser el pueblo santo que Dios quiere que sea.
División del libro
El libro puede dividirse en varias secciones. La primera de ellas (cap. 1–7) está dedicada por entero a reglamentar la presentación de las ofrendas y sacrificios ofrecidos como demostración de gratitud al Señor o como signo de arrepentimiento y expiación de algún pecado cometido.
La segunda sección (cap. 8–10) describe el ritual seguido por Moisés para consagrar sacerdotes a Aarón y sus hijos. Consiste en un conjunto de ceremonias oficiadas por Moisés conforme a las instrucciones recibidas de Jehová (cf. Ex 29.1–37). Estos ritos de consagración, que incluían sacrificios de animales y el uso de vestiduras especiales, fueron el paso inicial para instaurar el sacerdocio aarónico-levítico, institución que fundamenta la unidad corporativa del antiguo Israel. El cap. 10 relata la muerte de dos hijos de Aarón a causa de un pecado de carácter ritual.
Los cap. 11–16 forman la tercera sección del libro, dedicada a definir los términos de la pureza y la impureza ritual. También fija las normas a las que, para recuperar la pureza legal, había de someterse todo aquel —o todo aquello— que hubiera incurrido en algún tipo de impureza. Esta sección se cierra con la descripción de los ritos propios del gran día de la expiación (en hebreo, Yom kippur), que todo el pueblo debe celebrar el día 10 del séptimo mes de cada año.
La cuarta sección (cap. 17–25) se ocupa de la llamada ley de santidad, enunciada de forma sintética en 19.2. Aquí nos hallamos en pleno corazón del Levítico, donde, junto a algunas instrucciones relativas al culto, se señalan las normas que Israel —sacerdotes y pueblo— está obligado a observar para que la vida de cada uno en particular y de la comunidad en general permanezca regida por los principios de la santidad, la justicia y el amor fraternal.
Los dos últimos capítulos incluyen, respectivamente, una serie de bendiciones y maldiciones, que corresponden a sendas actitudes de obediencia o desobediencia a Dios (cap. 26), y una relación de personas, animales y cosas que le están consagradas (cap. 27).
Esquema del contenido:
1. Ofrendas y sacrificios (1.1–7.38)
2. Consagración del sacerdote (8.1–10.20)
3. Leyes sobre la pureza y la impureza legal (11.1–16.34)
4. La "Ley de santidad" (17.1–25.55)
5. Bendiciones y maldiciones (26.1–46)
6. Sobre lo consagrado a Dios (27.1–34)
Reina-Valera 1995—Edición de Estudio, (Estados Unidos de América: Sociedades Bíblicas Unidas) 1998.
La Biblia de Referencia Thompson, Versión Reina-Valera 1960, Referencia Temática # 4209.
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Nombre: Derivado del nombre de la tribu de Leví. En Hebreo Vayikra (וַיִּקְרָא)
Palabra Clave: Acceso y Santidad.
Contenido: Un compendio de las Leyes Divinas.
Personaje Central: El sumo sacerdote.
Tema Central: ¿Como puede un hombre pecador acercarse a un Dios Santo? La palabra santo ocurre más de ochenta veces en el libro.
El título
La Septuaginta llamó Levítico (=Lv) a este tercer libro de la Biblia, posiblemente para indicar que se trata de un texto destinado de modo particular a los levitas. Estos estaban encargados de ejercer el ministerio sacerdotal y de atender a los múltiples detalles del culto tributado a Dios por los israelitas. La Biblia hebrea, conforme a la norma observada en todo el Pentateuco, nombra el libro por su primera palabra, WayiqraŒ, que significa "y llamó".
Los levitas
En el reparto de Canaán, los levitas (es decir, los miembros de la tribu de Leví) recibieron, en lugar de territorio, cuarenta y ocho «ciudades donde habitar» (Nm 35.2–8; cf. Jos 21.1–42; 1 Cr 6.54–81), repartidas entre las tierras asignadas al resto de las tribus. Ellos, en cambio, habían sido separados por Dios para servirlo, para que cuidaran de las cosas sagradas y celebraran los oficios religiosos. Esta es la función específica asignada a los levitas, sobre todo después que el culto y cuanto con él se relacionaba quedó centralizado en el templo de Jerusalén.
Contenido del libro
En su mayor parte, el Levítico está formado por un conjunto de prescripciones extremadamente minuciosas, tendientes a hacer del ceremonial cúltico, como expresión de la fe en Dios, el eje a cuyo alrededor debía girar la totalidad de la vida del pueblo.
Este libro ritualista, lleno de instrucciones sobre el culto y disposiciones de carácter legal, encierra un mensaje de alto valor religioso, en el que la santidad aparece como el principio teológico predominante. Jehová, el Dios de Israel, el Dios santo, requiere del pueblo escogido como suyo que igualmente sea santo: «Santos seréis, porque santo soy yo, Jehová, vuestro Dios» (19.2). En consecuencia, todas las normas y prescripciones del Levítico están ordenadas al fin último de establecer sobre la tierra una nación diferente de la demás, apartada para su Dios, consagrada enteramente al servicio de su Señor. Por eso, todas las fórmulas legales y todos los elementos simbólicos del culto —vestiduras, ornamentos, ofrendas y sacrificios— tienen una doble vertiente: por un lado, alabar y rendir el debido homenaje al Dios eterno, creador y señor de todas las cosas; por otro, hacer que Israel entienda el significado de la santidad y disponga de instrumentos jurídicos, morales y religiosos para ser el pueblo santo que Dios quiere que sea.
División del libro
El libro puede dividirse en varias secciones. La primera de ellas (cap. 1–7) está dedicada por entero a reglamentar la presentación de las ofrendas y sacrificios ofrecidos como demostración de gratitud al Señor o como signo de arrepentimiento y expiación de algún pecado cometido.
La segunda sección (cap. 8–10) describe el ritual seguido por Moisés para consagrar sacerdotes a Aarón y sus hijos. Consiste en un conjunto de ceremonias oficiadas por Moisés conforme a las instrucciones recibidas de Jehová (cf. Ex 29.1–37). Estos ritos de consagración, que incluían sacrificios de animales y el uso de vestiduras especiales, fueron el paso inicial para instaurar el sacerdocio aarónico-levítico, institución que fundamenta la unidad corporativa del antiguo Israel. El cap. 10 relata la muerte de dos hijos de Aarón a causa de un pecado de carácter ritual.
Los cap. 11–16 forman la tercera sección del libro, dedicada a definir los términos de la pureza y la impureza ritual. También fija las normas a las que, para recuperar la pureza legal, había de someterse todo aquel —o todo aquello— que hubiera incurrido en algún tipo de impureza. Esta sección se cierra con la descripción de los ritos propios del gran día de la expiación (en hebreo, Yom kippur), que todo el pueblo debe celebrar el día 10 del séptimo mes de cada año.
La cuarta sección (cap. 17–25) se ocupa de la llamada ley de santidad, enunciada de forma sintética en 19.2. Aquí nos hallamos en pleno corazón del Levítico, donde, junto a algunas instrucciones relativas al culto, se señalan las normas que Israel —sacerdotes y pueblo— está obligado a observar para que la vida de cada uno en particular y de la comunidad en general permanezca regida por los principios de la santidad, la justicia y el amor fraternal.
Los dos últimos capítulos incluyen, respectivamente, una serie de bendiciones y maldiciones, que corresponden a sendas actitudes de obediencia o desobediencia a Dios (cap. 26), y una relación de personas, animales y cosas que le están consagradas (cap. 27).
Esquema del contenido:
1. Ofrendas y sacrificios (1.1–7.38)
2. Consagración del sacerdote (8.1–10.20)
3. Leyes sobre la pureza y la impureza legal (11.1–16.34)
4. La "Ley de santidad" (17.1–25.55)
5. Bendiciones y maldiciones (26.1–46)
6. Sobre lo consagrado a Dios (27.1–34)
Reina-Valera 1995—Edición de Estudio, (Estados Unidos de América: Sociedades Bíblicas Unidas) 1998.
La Biblia de Referencia Thompson, Versión Reina-Valera 1960, Referencia Temática # 4209.
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miércoles, 27 de abril de 2011
ANALISIS DEL LIBRO DEL EXODO.
Análisis del Libro de Éxodo
Autor y Personaje Principal: Moisés, comúnmente aceptado.
Tema Principal: La historia de Israel desde la muerte de José hasta la construcción del tabernáculo.
Pensamiento Clave: Liberación.
El título
Este libro toma su nombre del hecho que constituye el hilo conductor de todo el relato: la salida de Egipto de los israelitas y los años que vivieron en el desierto antes de llegar a Canaán, la Tierra prometida. En efecto, lo mismo el vocablo griego éxodos utilizado por la Septuaginta, que el castellano equivalente, se definen propiamente como “salida”. A su vez, la Biblia hebrea titula el libro con una de sus palabras iniciales: Shemoth, que significa “nombres”.
La historia
El Éxodo (=Ex) ofrece algunos datos que, dentro de ciertos márgenes de probabilidad, permiten delimitar la época en que acontecieron los hechos referidos. Tales datos, aunque no bastan para establecer fechas precisas, son de un innegable valor histórico. Por ejemplo, 1.11 revela que los israelitas, residentes en Egipto durante 430 años (12.40–41), fueron obligados a trabajar en la construcción de dos ciudades: Pitón y Ramesés (llamada en egipcio Casa de Ramesés). Este hecho sucedió entre finales del s. XIV y principios del XIII a.C.
Contenido del libro
La primera parte del Éxodo (1.1–15.21) relata el cambio de situación que, para los descendientes de Jacob, supuso el que «un nuevo rey, que no conocía a José» (1.8), comenzara a reinar sobre Egipto. La narración no se ajusta a una cronología estricta, y a primera vista parece que los hechos se suceden sin solución de continuidad. Sin embargo, una lectura atenta lleva a la evidencia de que, entre el asentamiento de Jacob en Gosén (Gn 46.1–47.6) y el reinado del nuevo faraón, transcurrieron los 430 años de la permanencia de los israelitas en Egipto (cf. 1.7). Fue tan solo en el último tiempo cuando la hospitalidad egipcia (Gn 47.5–10) se trocó en opresión y los israelitas fueron reducidos a la esclavitud (1.13). En aquella penosa condición, sus súplicas llegaron a oídos del Señor (3.16), que llamó a Moisés y se le reveló en «Horeb, monte de Dios» (3.1) para confiarle la misión de liberar al pueblo (3.15–4.17). Con un extraordinario despliegue de señales portentosas, Dios, por medio de Moisés, obliga al faraón a dar libertad a la multitud israelita (12.37–38). Esta, después de haber celebrado la primera Pascua como signo de salvación, emprende la marcha camino del mar, y lo atraviesa a pie enjuto por el mismo punto en que luego las aguas cubrieron al ejército egipcio. El pueblo, entonces, junto con Moisés y María, expresa su gratitud a Dios entonando un canto, que es uno de los testimonios más antiguos de la milagrosa liberación de Israel (15.1–18, 21).
La segunda parte del libro (15.22–18.27) recoge una serie de episodios relacionados con la marcha de los israelitas por el desierto. Una vez atravesado el mar, se adentraron en los parajes secos y áridos de la península de Sinaí. En su nueva situación se vieron expuestos a graves dificultades y peligros, desconocidos para ellos hasta aquel entonces. El hambre, la sed y la abierta hostilidad de otros habitantes de la región, como los amalecitas, fueron causa de frecuentes quejas y murmuraciones contra Moisés y contra el Señor (15.24; 16.2; 17.2–7). Muchos protestaban y, pareciéndoles mejor comer y beber como esclavos que asumir las responsabilidades de la libertad, clamaban: «Ojalá hubiéramos muerto a manos de Jehová en la tierra de Egipto, cuando nos sentábamos ante las ollas de carne, cuando comíamos pan hasta saciarnos» (16.3). Por esto, Moisés hubo de interceder en repetidas ocasiones delante de Dios en favor de los israelitas, y el Señor los atendió una y otra vez en todas sus necesidades. Los alimentó con codornices y maná (cap. 16), hizo brotar agua de la roca para que calmaran su sed (17.1–7; cf. Nm 20.2–13) y los libró de los enemigos que los acosaban (17.8–16).
La marcha por el desierto de Sinaí tenía como objetivo final el país de Canaán. Allí estaba la Tierra prometida, descrita como «una tierra que fluye leche y miel» (3.8). Pero antes de llegar a ella, el pueblo de Israel había de conocer que Jehová Dios lo había tomado de entre todos los otros de la tierra para serle consagrado como «el pueblo de su heredad», como «un reino de sacerdotes y gente santa» (cf. Dt 4.20; 7.6; Ex 19.5–6). El monte Sinaí fue el escenario escogido por Dios para establecer su pacto con Israel y constituirlo en su propiedad particular.
Ese pacto significaba, pues, un compromiso para el pueblo, que quedaba obligado a vivir en santidad. Esta era la parte que le correspondía guardar, en respuesta a la elección con que Dios lo había distinguido de manera gratuita. Para hacerlo posible, Dios mismo dio a conocer a su pueblo, en la ley proclamada en el Sinaí, lo que de él exigía y esperaba que cumpliera puntualmente.
La Ley (en hebreo, torah), que es dada a Israel por mano de Moisés, comienza con la serie de disposiciones universalmente conocida como El Decálogo o Los Diez Mandamientos, que empieza así: «Yo soy Jehová, tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de casa de servidumbre. No tendrás dioses ajenos delante de mí» (20.2–3). Con estas palabras queda establecida la vinculación exclusiva y definitiva de Israel con el Dios que lo había liberado y lo había atraído a él como «sobre alas de águila» (19.4). A partir del Decálogo, toda la Ley, con su evidente preocupación por defender los derechos de los más débiles (cf. p.e., 22.21–27), viene a sentar el fundamento jurídico de una comunidad creada para la solidaridad y la justicia, y consagrada especialmente al culto de su Señor, del Dios único y verdadero (25–31; 35–40).
Esquema del contenido:
1. Israel es liberado de su esclavitud en Egipto (1.1–15.21)
2. Los israelitas caminan hacia el monte Sinaí (15.22–18.27)
3. El pacto de Dios en el Sinaí (19.1–24.18)
4. Prescripciones para la construcción del Tabernáculo (25.1–31.17)
5. El becerro de oro. Renovación del pacto (31.18–34.35)
6. La construcción del Tabernáculo (35.1–40.38)
Reina-Valera 1995—Edición de Estudio, (Estados Unidos de América: Sociedades Bíblicas Unidas) 1998.
La Biblia de Referencia Thompson, Versión Reina-Valera 1960, Referencia Temática # 4208.
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Autor y Personaje Principal: Moisés, comúnmente aceptado.
Tema Principal: La historia de Israel desde la muerte de José hasta la construcción del tabernáculo.
Pensamiento Clave: Liberación.
El título
Este libro toma su nombre del hecho que constituye el hilo conductor de todo el relato: la salida de Egipto de los israelitas y los años que vivieron en el desierto antes de llegar a Canaán, la Tierra prometida. En efecto, lo mismo el vocablo griego éxodos utilizado por la Septuaginta, que el castellano equivalente, se definen propiamente como “salida”. A su vez, la Biblia hebrea titula el libro con una de sus palabras iniciales: Shemoth, que significa “nombres”.
La historia
El Éxodo (=Ex) ofrece algunos datos que, dentro de ciertos márgenes de probabilidad, permiten delimitar la época en que acontecieron los hechos referidos. Tales datos, aunque no bastan para establecer fechas precisas, son de un innegable valor histórico. Por ejemplo, 1.11 revela que los israelitas, residentes en Egipto durante 430 años (12.40–41), fueron obligados a trabajar en la construcción de dos ciudades: Pitón y Ramesés (llamada en egipcio Casa de Ramesés). Este hecho sucedió entre finales del s. XIV y principios del XIII a.C.
Contenido del libro
La primera parte del Éxodo (1.1–15.21) relata el cambio de situación que, para los descendientes de Jacob, supuso el que «un nuevo rey, que no conocía a José» (1.8), comenzara a reinar sobre Egipto. La narración no se ajusta a una cronología estricta, y a primera vista parece que los hechos se suceden sin solución de continuidad. Sin embargo, una lectura atenta lleva a la evidencia de que, entre el asentamiento de Jacob en Gosén (Gn 46.1–47.6) y el reinado del nuevo faraón, transcurrieron los 430 años de la permanencia de los israelitas en Egipto (cf. 1.7). Fue tan solo en el último tiempo cuando la hospitalidad egipcia (Gn 47.5–10) se trocó en opresión y los israelitas fueron reducidos a la esclavitud (1.13). En aquella penosa condición, sus súplicas llegaron a oídos del Señor (3.16), que llamó a Moisés y se le reveló en «Horeb, monte de Dios» (3.1) para confiarle la misión de liberar al pueblo (3.15–4.17). Con un extraordinario despliegue de señales portentosas, Dios, por medio de Moisés, obliga al faraón a dar libertad a la multitud israelita (12.37–38). Esta, después de haber celebrado la primera Pascua como signo de salvación, emprende la marcha camino del mar, y lo atraviesa a pie enjuto por el mismo punto en que luego las aguas cubrieron al ejército egipcio. El pueblo, entonces, junto con Moisés y María, expresa su gratitud a Dios entonando un canto, que es uno de los testimonios más antiguos de la milagrosa liberación de Israel (15.1–18, 21).
La segunda parte del libro (15.22–18.27) recoge una serie de episodios relacionados con la marcha de los israelitas por el desierto. Una vez atravesado el mar, se adentraron en los parajes secos y áridos de la península de Sinaí. En su nueva situación se vieron expuestos a graves dificultades y peligros, desconocidos para ellos hasta aquel entonces. El hambre, la sed y la abierta hostilidad de otros habitantes de la región, como los amalecitas, fueron causa de frecuentes quejas y murmuraciones contra Moisés y contra el Señor (15.24; 16.2; 17.2–7). Muchos protestaban y, pareciéndoles mejor comer y beber como esclavos que asumir las responsabilidades de la libertad, clamaban: «Ojalá hubiéramos muerto a manos de Jehová en la tierra de Egipto, cuando nos sentábamos ante las ollas de carne, cuando comíamos pan hasta saciarnos» (16.3). Por esto, Moisés hubo de interceder en repetidas ocasiones delante de Dios en favor de los israelitas, y el Señor los atendió una y otra vez en todas sus necesidades. Los alimentó con codornices y maná (cap. 16), hizo brotar agua de la roca para que calmaran su sed (17.1–7; cf. Nm 20.2–13) y los libró de los enemigos que los acosaban (17.8–16).
La marcha por el desierto de Sinaí tenía como objetivo final el país de Canaán. Allí estaba la Tierra prometida, descrita como «una tierra que fluye leche y miel» (3.8). Pero antes de llegar a ella, el pueblo de Israel había de conocer que Jehová Dios lo había tomado de entre todos los otros de la tierra para serle consagrado como «el pueblo de su heredad», como «un reino de sacerdotes y gente santa» (cf. Dt 4.20; 7.6; Ex 19.5–6). El monte Sinaí fue el escenario escogido por Dios para establecer su pacto con Israel y constituirlo en su propiedad particular.
Ese pacto significaba, pues, un compromiso para el pueblo, que quedaba obligado a vivir en santidad. Esta era la parte que le correspondía guardar, en respuesta a la elección con que Dios lo había distinguido de manera gratuita. Para hacerlo posible, Dios mismo dio a conocer a su pueblo, en la ley proclamada en el Sinaí, lo que de él exigía y esperaba que cumpliera puntualmente.
La Ley (en hebreo, torah), que es dada a Israel por mano de Moisés, comienza con la serie de disposiciones universalmente conocida como El Decálogo o Los Diez Mandamientos, que empieza así: «Yo soy Jehová, tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de casa de servidumbre. No tendrás dioses ajenos delante de mí» (20.2–3). Con estas palabras queda establecida la vinculación exclusiva y definitiva de Israel con el Dios que lo había liberado y lo había atraído a él como «sobre alas de águila» (19.4). A partir del Decálogo, toda la Ley, con su evidente preocupación por defender los derechos de los más débiles (cf. p.e., 22.21–27), viene a sentar el fundamento jurídico de una comunidad creada para la solidaridad y la justicia, y consagrada especialmente al culto de su Señor, del Dios único y verdadero (25–31; 35–40).
Esquema del contenido:
1. Israel es liberado de su esclavitud en Egipto (1.1–15.21)
2. Los israelitas caminan hacia el monte Sinaí (15.22–18.27)
3. El pacto de Dios en el Sinaí (19.1–24.18)
4. Prescripciones para la construcción del Tabernáculo (25.1–31.17)
5. El becerro de oro. Renovación del pacto (31.18–34.35)
6. La construcción del Tabernáculo (35.1–40.38)
Reina-Valera 1995—Edición de Estudio, (Estados Unidos de América: Sociedades Bíblicas Unidas) 1998.
La Biblia de Referencia Thompson, Versión Reina-Valera 1960, Referencia Temática # 4208.
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miércoles, 29 de diciembre de 2010
ANÁLISIS DEL LIBRO DE RUT.
Autor: Desconocido; posiblemente Samuel.
Período: La época de los jueces.
Tema Principal: Como la vida de una joven moabita fue enriquecida. Es una bella historia, considerada como una gema literaria. Es uno de los dos libros de La Biblia en los que una mujer es el personaje principal - Rut, una moabita que se casó con un hebrero.
El libro
Con esta pequeña joya de la literatura bíblica, el género narrativo hebreo se remonta a una de sus más elevadas cotas artísticas. El libro lleva al lector a la época violenta y convulsa de los "jueces" de Israel (1.1); pero, en contraste con el clima inquieto que caracteriza la historia de aquellos héroes guerreros, Rut (=Rt) se presenta como un delicioso canto a la paz y a la serenidad de la vida campesina.
La Biblia hebrea incluye este libro en la tercera sección del canon, en el grupo de los Escritos (ketubim), entre Proverbios y Cantar de los Cantares. Tal colocación, unida a la presencia en el texto de determinados datos culturales y lingüísticos, apunta a la posibilidad de que Rut no alcanzara su forma definitiva hasta después del exilio babilónico, en fecha posterior a la de los hechos que narra. En la versión griega de los Setenta, el libro de Rut sigue al de Jueces, probablemente a causa del dato cronológico con que comienza el texto.
El relato
Rut, una muchacha de Moab, es el personaje principal de la historia. Casada con un israelita, hijo de Noemí, conoció muy pronto las amarguras de la viudez. Noemí, procedente de Belén de Judá, había emigrado con su esposo y sus dos hijos a tierras moabitas, donde murieron ellos tres, quedando Noemí «desamparada, sin sus dos hijos y sin su marido» (1.5). En aquella dramática situación, resolvió regresar a Belén; y así lo hizo, acompañada de su nuera Rut, que en un gesto de extraordinaria lealtad le había declarado: «Tu pueblo será mi pueblo y tu Dios, mi Dios» (1.16; cf. 1.16–18). Era Rut una joven dotada de las más bellas cualidades: afectuosa, decidida y trabajadora, dispuesta incluso a poner su honor en entredicho con tal de perpetuar el nombre de su difunto esposo. El encanto personal de Rut atrajo en Belén a un pariente del marido de Noemí, un tal Booz, quien, conforme a leyes y costumbres de la época, la tomó por esposa. Con el nacimiento de Obed, su primer hijo, quedó asegurada la supervivencia del nombre familiar (4.10; cf. 1.11–13). Unos últimos apuntes en el texto de Rut revelan que Obed fue el abuelo paterno de David (4.17,21–22); de modo que Rut, una extranjera (2.10), no solo quedó incorporada al pueblo de Dios, sino, más sorprendentemente aún, a la estirpe misma de la monarquía davídica.
Junto a la rica personalidad de Rut, entra en juego la de Noemí, mujer generosa y sabia en sus consejos (1.8–13; 2.22; 3.1–4), que con plena confianza en el Señor se enfrenta decidida y valerosamente a un destino por demás doloroso.
El tercero de los personajes principales del libro es el hacendado Booz, hombre afectuoso, bien impuesto de sus derechos y decidido a hacerlos valer. Se muestra, además, cumplidor de todos los compromisos a que lo obliga su condición de pariente de Elimelec, entre los cuales está el matrimonio con Rut (4.3–12).
El mensaje
La historia, escenificada sobre todo en la pequeña aldea de Belén de Judá, está contada en términos de la vida diaria de gentes sencillas y de noble corazón. Frente al rigor de las concepciones étnicas sustentadas por el pueblo de Israel recién implantado en Canaán —entre ellas, la oposición a la unión de judío y extranjera (cf. Esd 9–10; Neh 13.23–27)—, Rut ofrece un panorama abierto a la amistad y a la relación pacífica con el forastero. Muy lejos del punto de vista de este relato queda cualquier forma de racismo o de nacionalismo cerrado. La narración es como un puente tendido en el AT hacia el mensaje del NT, hacia la predicación cristiana de la igualdad de todos los seres humanos ante los ojos de Dios (cf. Dt 23.3, 6 con Mt 28.16–20; Hch 1.8). Es un puente afirmado sobre una constancia histórica: la genealogía que se inicia en Rut la moabita y que llevará finalmente al nacimiento de Jesús (cf. Mt 1.5). Así, con su presencia en el AT, Rut prefigura, en dimensión profética, el valor universal de la obra redentora de Jesucristo.
Esquema del contenido:
1. La familia de Elimelec en Moab (1.1–5)
2. Noemí regresa con Rut a Belén (1.6–22)
3. Rut en el campo de Booz (2.1–23)
4. Booz se fija en Rut (3.1–18)
5. Booz toma a Rut por esposa (4.1–17)
6. Los antepasados del rey David (4.18–22)
Reina-Valera 1995—Edición de Estudio, (Estados Unidos de América: Sociedades Bíblicas Unidas) 1998.
La Biblia de Referencia Thompson, Versión Reina-Valera 1960, Referencia Temática # 4214
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Período: La época de los jueces.
Tema Principal: Como la vida de una joven moabita fue enriquecida. Es una bella historia, considerada como una gema literaria. Es uno de los dos libros de La Biblia en los que una mujer es el personaje principal - Rut, una moabita que se casó con un hebrero.
El libro
Con esta pequeña joya de la literatura bíblica, el género narrativo hebreo se remonta a una de sus más elevadas cotas artísticas. El libro lleva al lector a la época violenta y convulsa de los "jueces" de Israel (1.1); pero, en contraste con el clima inquieto que caracteriza la historia de aquellos héroes guerreros, Rut (=Rt) se presenta como un delicioso canto a la paz y a la serenidad de la vida campesina.
La Biblia hebrea incluye este libro en la tercera sección del canon, en el grupo de los Escritos (ketubim), entre Proverbios y Cantar de los Cantares. Tal colocación, unida a la presencia en el texto de determinados datos culturales y lingüísticos, apunta a la posibilidad de que Rut no alcanzara su forma definitiva hasta después del exilio babilónico, en fecha posterior a la de los hechos que narra. En la versión griega de los Setenta, el libro de Rut sigue al de Jueces, probablemente a causa del dato cronológico con que comienza el texto.
El relato
Rut, una muchacha de Moab, es el personaje principal de la historia. Casada con un israelita, hijo de Noemí, conoció muy pronto las amarguras de la viudez. Noemí, procedente de Belén de Judá, había emigrado con su esposo y sus dos hijos a tierras moabitas, donde murieron ellos tres, quedando Noemí «desamparada, sin sus dos hijos y sin su marido» (1.5). En aquella dramática situación, resolvió regresar a Belén; y así lo hizo, acompañada de su nuera Rut, que en un gesto de extraordinaria lealtad le había declarado: «Tu pueblo será mi pueblo y tu Dios, mi Dios» (1.16; cf. 1.16–18). Era Rut una joven dotada de las más bellas cualidades: afectuosa, decidida y trabajadora, dispuesta incluso a poner su honor en entredicho con tal de perpetuar el nombre de su difunto esposo. El encanto personal de Rut atrajo en Belén a un pariente del marido de Noemí, un tal Booz, quien, conforme a leyes y costumbres de la época, la tomó por esposa. Con el nacimiento de Obed, su primer hijo, quedó asegurada la supervivencia del nombre familiar (4.10; cf. 1.11–13). Unos últimos apuntes en el texto de Rut revelan que Obed fue el abuelo paterno de David (4.17,21–22); de modo que Rut, una extranjera (2.10), no solo quedó incorporada al pueblo de Dios, sino, más sorprendentemente aún, a la estirpe misma de la monarquía davídica.
Junto a la rica personalidad de Rut, entra en juego la de Noemí, mujer generosa y sabia en sus consejos (1.8–13; 2.22; 3.1–4), que con plena confianza en el Señor se enfrenta decidida y valerosamente a un destino por demás doloroso.
El tercero de los personajes principales del libro es el hacendado Booz, hombre afectuoso, bien impuesto de sus derechos y decidido a hacerlos valer. Se muestra, además, cumplidor de todos los compromisos a que lo obliga su condición de pariente de Elimelec, entre los cuales está el matrimonio con Rut (4.3–12).
El mensaje
La historia, escenificada sobre todo en la pequeña aldea de Belén de Judá, está contada en términos de la vida diaria de gentes sencillas y de noble corazón. Frente al rigor de las concepciones étnicas sustentadas por el pueblo de Israel recién implantado en Canaán —entre ellas, la oposición a la unión de judío y extranjera (cf. Esd 9–10; Neh 13.23–27)—, Rut ofrece un panorama abierto a la amistad y a la relación pacífica con el forastero. Muy lejos del punto de vista de este relato queda cualquier forma de racismo o de nacionalismo cerrado. La narración es como un puente tendido en el AT hacia el mensaje del NT, hacia la predicación cristiana de la igualdad de todos los seres humanos ante los ojos de Dios (cf. Dt 23.3, 6 con Mt 28.16–20; Hch 1.8). Es un puente afirmado sobre una constancia histórica: la genealogía que se inicia en Rut la moabita y que llevará finalmente al nacimiento de Jesús (cf. Mt 1.5). Así, con su presencia en el AT, Rut prefigura, en dimensión profética, el valor universal de la obra redentora de Jesucristo.
Esquema del contenido:
1. La familia de Elimelec en Moab (1.1–5)
2. Noemí regresa con Rut a Belén (1.6–22)
3. Rut en el campo de Booz (2.1–23)
4. Booz se fija en Rut (3.1–18)
5. Booz toma a Rut por esposa (4.1–17)
6. Los antepasados del rey David (4.18–22)
Reina-Valera 1995—Edición de Estudio, (Estados Unidos de América: Sociedades Bíblicas Unidas) 1998.
La Biblia de Referencia Thompson, Versión Reina-Valera 1960, Referencia Temática # 4214
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viernes, 24 de diciembre de 2010
ANÁLISIS DEL LIBRO PRIMERA DE CORINTIOS.
Autor: El apóstol Pablo.
Marco Histórico: La iglesia de Corinto fue fundada por Pablo en su segundo viaje misionero. Esta se había contaminado con los males que le rodeaban en una ciudad licenciosa.
Los griegos estaban orgullosos de sus conocimientos y de su filosofía, pero al mismo tiempo eran muy inmorales.
Eran especialmente amantes de la oratoria.
Es evidente que Apolos, un judío cristiano elocuente que había venido a Corinto, se había ganado la admiración de los cristianos griegos. Este hecho llevó a hacer comparaciones entre él, con su elocuencia y persuasión, y otros líderes religiosos - Especialmente en el descrédito de Pablo, cuya apariencia física parece no haber sido impresionante (véase 2 Co 10:10). Esto probablemente es la clave de las divisiones en la iglesia, 1 Co 1:11-13. El deseo de Pablo era el de purificar la iglesia de facciones espirituales e inmoralidad, lo cual fue la causa primordial de la carta.
Corinto
La península del Peloponeso, en el sur de Grecia, es un territorio montañoso unido al resto del país por un istmo corto y angosto. En la época del NT estaba sometida a la administración romana, como parte de la provincia de Acaya, cuya capital, Corinto, se hallaba situada a pocos kilómetros al sudoeste del istmo.
A lo largo de su existencia, Corinto conoció el esplendor y la miseria. En el 146 a.C. estuvo a punto de desaparecer, arrasada por los romanos; pero un siglo después, en el año 44 a.C., la propia Roma dispuso que la ciudad fuera reconstruida y habilitada en ella la residencia del gobernador de la provincia. De este último dato quedó constancia en Hch 18.12–18, donde se dice que el procónsul Lucio Junio Galión gobernaba Acaya cuando Pablo llegó allí en su segundo viaje misionero.
Corinto tenía una doble salida al mar: al Adriático por el puerto de Lequeo, y al Egeo por el de Cencrea (cf. Hch 18.18 y Ro 16.1). Esa privilegiada situación geográfica reportaba no pocos beneficios a la ciudad, pues ambos puertos eran muy frecuentados por los barcos que hacían las rutas comerciales de los dos mares.
La población corintia, estimada en aquel entonces en unas 600.000 personas, incluía mercaderes, marineros, soldados romanos retirados y una elevadísima proporción de esclavos (alrededor de 400.000). Corinto era, además, un centro de incesante afluencia de peregrinos, que desde lejanos lugares acudían a rendir adoración a las diversas divinidades que en ella tenían un santuario.
La ciudad, famosa por su riqueza y cultura, lo era también por la relajación moral de sus habitantes y el libertinaje que dominaba las costumbres de la sociedad. Es posible que muchas de las críticas que se le hacían fueran exageradas, pero ciertamente la mala reputación de Corinto, fomentada por causas tan conocidas como la prostitución sagrada en el templo de Afrodita, era proverbial en toda la cuenca del Mediterráneo.
La iglesia corintia
En aquel ambiente, la existencia de una pequeña comunidad cristiana, compuesta en su mayor parte por personas sencillas, de origen gentil (1.26; 12.2) y reciente conversión, se veía sometida a fuertes tensiones espirituales y morales.
El anuncio del evangelio había sido bien acogido desde el principio, cuando Pablo, probablemente a comienzos de la década de los 50, llegó a Corinto procedente de Atenas. Durante «un año y seis meses» (Hch 18.11) permaneció entonces en la ciudad, entregado a la proclamación de la fe en Jesucristo (Hch 18.118).
Las primeras actuaciones del apóstol, según su costumbre, se encaminaron a entrar en relación con los judíos residentes (Hch 18.2, 4, 6, 8); pero la oposición de muchos de ellos lo llevó muy pronto a dedicar los mayores esfuerzos a la población gentil (Hch 18.6).
Durante el tiempo relativamente largo que Pablo pasó entonces en la capital de Acaya, parece que su labor consistió sobre todo en poner los cimientos para que otros después de él, como Apolos (1.12), pudieran seguir anunciando el evangelio en la región del Peloponeso (3.6–15).
Fecha y lugar de redacción
La Primera epístola a los Corintios (=1 Co) fue escrita en Éfeso, donde, según Hch 20.31, Pablo vivió tres años, probablemente entre el 54 y el 57. Mientras estaba allí, los creyentes de la congregación le hicieron llegar, posiblemente por conducto de Estéfanas, Fortunato y Acaico (cf. 16.17), algunas consultas, a las que respondió con la presente carta (cf. los pasajes que comienzan en 7.1, 25; 8.1, y también 10.23; 11.2; 12.1; 15.1).
Propósito
Más o menos por las mismas fechas, «los de Cloé» informaron al apóstol (1.11) de la difícil situación que estaban atravesando los creyentes corintios. Arrastrados por la fanática adhesión personal de unos a Pablo y de otros a Pedro o a Apolos (1.12; 3.4), entre todos habían puesto en grave peligro la unidad de la iglesia.
Además, los antecedentes paganos de la mayoría de aquellos hermanos seguían pesando en la conducta de algunos, y la general corrupción característica de la ciudad dejaba sentir su influencia en la congregación, de manera que incluso en su seno se daban casos de inmoralidad que exigían ser inmediatamente corregidos.
Contenido y estructura
Pablo comienza esta carta abordando el problema de las divisiones internas, amenaza que se cernía sobre la comunidad cristiana como un signo de incomprensión y olvido de determinadas afirmaciones básicas de la fe: que la iglesia es convocada a unidad de pensamiento y parecer (1.10–17; cf. Jn 17.21–23; Ef 4.1–5; Flp 2.1–11); que la única verdadera sabiduría es la que «Dios predestinó... para nuestra gloria» (1.18–3.4), y que solo Cristo es el fundamento de nuestra salvación (3.5–4.5; cf.1 Ti 2.5–6).
En seguida, trata de orientar a sus lectores respecto a otros males que ya estaban presentes en la iglesia, pero cuyo progreso había que impedir sin pérdida de tiempo: una situación incestuosa consentida por la congregación (5.1–13), pleitos surgidos entre los creyentes y promovidos ante jueces paganos (6.1–11), comportamientos sexuales condenables (6.12–20) y actitudes indignas entre los participantes en el culto, especialmente en la Cena del Señor (11.17–22, 27–34).
Junto a todas estas instrucciones, la carta contiene las respuestas del apóstol a las preguntas de los corintios relacionadas con el matrimonio cristiano y el celibato (7.1–40), con el consumo de alimentos que antes de su venta pública habían sido consagrados a los ídolos (8.1–13; 10.25–31) o con la diversidad y ejercicio de los dones otorgados por el Espíritu Santo (12.1–14.40).
Otros textos, relacionados con cuestiones doctrinales y de testimonio cristiano, incluyen amonestaciones en contra de la idolatría (10.1–11.1) y consideraciones sobre el atavío de las mujeres en el culto (11.2–16) y sobre la institución de la Cena del Señor (11.23–26). Notables por su belleza y su profundidad de pensamiento son el poema de exaltación del amor al prójimo (12.31b—13.13) y la extensa declaración acerca de la resurrección de los muertos (15.1–58).
El cuerpo central de 1 Corintios, prologado por un saludo y una presentación temática de carácter general (1.1–9), concluye con un epílogo que contiene breves indicaciones acerca de la ofrenda para la iglesia de Jerusalén, más las acostumbradas salutaciones y notas personales (16.1–24).
Esquema del contenido:
Prólogo (1.1–9)
1. Divisiones en la iglesia (1.10–4.21)
2. Pablo corrige a la iglesia (5.1–6.20)
3. Sobre el matrimonio (7.1–40)
4. La libertad cristiana (8.1–11.1)
5. La vida de la iglesia (11.2–34)
6. Los dones del Espíritu Santo (12.1–14.40)
7. La resurrección de los muertos (15.1–58)
Epílogo (16.1–24)
Reina-Valera 1995—Edición de Estudio, (Estados Unidos de América: Sociedades Bíblicas Unidas) 1998.
La Biblia de Referencia Thompson, Versión Reina-Valera 1960, Referencia Temática # 4254.
Linajeescogido.tripod.com
Marco Histórico: La iglesia de Corinto fue fundada por Pablo en su segundo viaje misionero. Esta se había contaminado con los males que le rodeaban en una ciudad licenciosa.
Los griegos estaban orgullosos de sus conocimientos y de su filosofía, pero al mismo tiempo eran muy inmorales.
Eran especialmente amantes de la oratoria.
Es evidente que Apolos, un judío cristiano elocuente que había venido a Corinto, se había ganado la admiración de los cristianos griegos. Este hecho llevó a hacer comparaciones entre él, con su elocuencia y persuasión, y otros líderes religiosos - Especialmente en el descrédito de Pablo, cuya apariencia física parece no haber sido impresionante (véase 2 Co 10:10). Esto probablemente es la clave de las divisiones en la iglesia, 1 Co 1:11-13. El deseo de Pablo era el de purificar la iglesia de facciones espirituales e inmoralidad, lo cual fue la causa primordial de la carta.
Corinto
La península del Peloponeso, en el sur de Grecia, es un territorio montañoso unido al resto del país por un istmo corto y angosto. En la época del NT estaba sometida a la administración romana, como parte de la provincia de Acaya, cuya capital, Corinto, se hallaba situada a pocos kilómetros al sudoeste del istmo.
A lo largo de su existencia, Corinto conoció el esplendor y la miseria. En el 146 a.C. estuvo a punto de desaparecer, arrasada por los romanos; pero un siglo después, en el año 44 a.C., la propia Roma dispuso que la ciudad fuera reconstruida y habilitada en ella la residencia del gobernador de la provincia. De este último dato quedó constancia en Hch 18.12–18, donde se dice que el procónsul Lucio Junio Galión gobernaba Acaya cuando Pablo llegó allí en su segundo viaje misionero.
Corinto tenía una doble salida al mar: al Adriático por el puerto de Lequeo, y al Egeo por el de Cencrea (cf. Hch 18.18 y Ro 16.1). Esa privilegiada situación geográfica reportaba no pocos beneficios a la ciudad, pues ambos puertos eran muy frecuentados por los barcos que hacían las rutas comerciales de los dos mares.
La población corintia, estimada en aquel entonces en unas 600.000 personas, incluía mercaderes, marineros, soldados romanos retirados y una elevadísima proporción de esclavos (alrededor de 400.000). Corinto era, además, un centro de incesante afluencia de peregrinos, que desde lejanos lugares acudían a rendir adoración a las diversas divinidades que en ella tenían un santuario.
La ciudad, famosa por su riqueza y cultura, lo era también por la relajación moral de sus habitantes y el libertinaje que dominaba las costumbres de la sociedad. Es posible que muchas de las críticas que se le hacían fueran exageradas, pero ciertamente la mala reputación de Corinto, fomentada por causas tan conocidas como la prostitución sagrada en el templo de Afrodita, era proverbial en toda la cuenca del Mediterráneo.
La iglesia corintia
En aquel ambiente, la existencia de una pequeña comunidad cristiana, compuesta en su mayor parte por personas sencillas, de origen gentil (1.26; 12.2) y reciente conversión, se veía sometida a fuertes tensiones espirituales y morales.
El anuncio del evangelio había sido bien acogido desde el principio, cuando Pablo, probablemente a comienzos de la década de los 50, llegó a Corinto procedente de Atenas. Durante «un año y seis meses» (Hch 18.11) permaneció entonces en la ciudad, entregado a la proclamación de la fe en Jesucristo (Hch 18.118).
Las primeras actuaciones del apóstol, según su costumbre, se encaminaron a entrar en relación con los judíos residentes (Hch 18.2, 4, 6, 8); pero la oposición de muchos de ellos lo llevó muy pronto a dedicar los mayores esfuerzos a la población gentil (Hch 18.6).
Durante el tiempo relativamente largo que Pablo pasó entonces en la capital de Acaya, parece que su labor consistió sobre todo en poner los cimientos para que otros después de él, como Apolos (1.12), pudieran seguir anunciando el evangelio en la región del Peloponeso (3.6–15).
Fecha y lugar de redacción
La Primera epístola a los Corintios (=1 Co) fue escrita en Éfeso, donde, según Hch 20.31, Pablo vivió tres años, probablemente entre el 54 y el 57. Mientras estaba allí, los creyentes de la congregación le hicieron llegar, posiblemente por conducto de Estéfanas, Fortunato y Acaico (cf. 16.17), algunas consultas, a las que respondió con la presente carta (cf. los pasajes que comienzan en 7.1, 25; 8.1, y también 10.23; 11.2; 12.1; 15.1).
Propósito
Más o menos por las mismas fechas, «los de Cloé» informaron al apóstol (1.11) de la difícil situación que estaban atravesando los creyentes corintios. Arrastrados por la fanática adhesión personal de unos a Pablo y de otros a Pedro o a Apolos (1.12; 3.4), entre todos habían puesto en grave peligro la unidad de la iglesia.
Además, los antecedentes paganos de la mayoría de aquellos hermanos seguían pesando en la conducta de algunos, y la general corrupción característica de la ciudad dejaba sentir su influencia en la congregación, de manera que incluso en su seno se daban casos de inmoralidad que exigían ser inmediatamente corregidos.
Contenido y estructura
Pablo comienza esta carta abordando el problema de las divisiones internas, amenaza que se cernía sobre la comunidad cristiana como un signo de incomprensión y olvido de determinadas afirmaciones básicas de la fe: que la iglesia es convocada a unidad de pensamiento y parecer (1.10–17; cf. Jn 17.21–23; Ef 4.1–5; Flp 2.1–11); que la única verdadera sabiduría es la que «Dios predestinó... para nuestra gloria» (1.18–3.4), y que solo Cristo es el fundamento de nuestra salvación (3.5–4.5; cf.1 Ti 2.5–6).
En seguida, trata de orientar a sus lectores respecto a otros males que ya estaban presentes en la iglesia, pero cuyo progreso había que impedir sin pérdida de tiempo: una situación incestuosa consentida por la congregación (5.1–13), pleitos surgidos entre los creyentes y promovidos ante jueces paganos (6.1–11), comportamientos sexuales condenables (6.12–20) y actitudes indignas entre los participantes en el culto, especialmente en la Cena del Señor (11.17–22, 27–34).
Junto a todas estas instrucciones, la carta contiene las respuestas del apóstol a las preguntas de los corintios relacionadas con el matrimonio cristiano y el celibato (7.1–40), con el consumo de alimentos que antes de su venta pública habían sido consagrados a los ídolos (8.1–13; 10.25–31) o con la diversidad y ejercicio de los dones otorgados por el Espíritu Santo (12.1–14.40).
Otros textos, relacionados con cuestiones doctrinales y de testimonio cristiano, incluyen amonestaciones en contra de la idolatría (10.1–11.1) y consideraciones sobre el atavío de las mujeres en el culto (11.2–16) y sobre la institución de la Cena del Señor (11.23–26). Notables por su belleza y su profundidad de pensamiento son el poema de exaltación del amor al prójimo (12.31b—13.13) y la extensa declaración acerca de la resurrección de los muertos (15.1–58).
El cuerpo central de 1 Corintios, prologado por un saludo y una presentación temática de carácter general (1.1–9), concluye con un epílogo que contiene breves indicaciones acerca de la ofrenda para la iglesia de Jerusalén, más las acostumbradas salutaciones y notas personales (16.1–24).
Esquema del contenido:
Prólogo (1.1–9)
1. Divisiones en la iglesia (1.10–4.21)
2. Pablo corrige a la iglesia (5.1–6.20)
3. Sobre el matrimonio (7.1–40)
4. La libertad cristiana (8.1–11.1)
5. La vida de la iglesia (11.2–34)
6. Los dones del Espíritu Santo (12.1–14.40)
7. La resurrección de los muertos (15.1–58)
Epílogo (16.1–24)
Reina-Valera 1995—Edición de Estudio, (Estados Unidos de América: Sociedades Bíblicas Unidas) 1998.
La Biblia de Referencia Thompson, Versión Reina-Valera 1960, Referencia Temática # 4254.
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